Icaro 2a parte

Icaro
(Segunda parte)
Por juliet
Tiene la imagen de fuego, sus labios secos, la frecuencia de sus latidos en constante armonía. Se levanta de su cama y se mira al espejo, la misma mirada que lo ha acompañado cuarenta y cuatro años, su cabello escaso rebela la constante muestra de la vejez. Su barba poblada, las manos lunáticas, el sol a pleno esplendor en a sus pies.
Corre el telón de fondo y se piensa autor y criatura al mismo tiempo de su existencia, tras bambalinas los duendes juegan con sus tiempos. Se llama Ícaro del mar, su sangre es de agua su vida, muerte y eternidad sabe a Sal. Odia los días con su constante vaivén de ninfas, prefiere contemplar por las noches a Selene; sabe que ella representa todo y nada, sabe que ella es y no es, sabe que ella es suya y no es para él, conoce a Pan y prefiere marcharse de sus laberintos. Bajo la excusa de no estar más, prepara sus alas en el horizonte infinito y a veces es una astuta águila, a veces un búho fúnebre, otras veces ni del cielo ni de la tierra es.
Ambiguo Ícaro del mar, se sienta en la cima del mundo y ni de la tierra y ni del cielo es, a veces recurre a Silfo y piensa en su libertad "verdadera libertad", ni masa, ni gravedad. Si al menos tuviera cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón... pero solo un ser maduro, pasajero de la tierra. Dédalo, su padre al menos fue Cupido de Ariadna y Teseo. Ahora sí que ni un intermediario podría unirlo con Selene.
Recoge sus alas para tomar asiento frente a un monitor y a veces escribe cuando no escucha. La soledad emerge de su garganta, arpías perfilan sombras de mujer, pero esperan su muerte para comer carroña; céfiro desde su lejanía se asoma y le sopla, las hojas del campo fuera entran alborotadas por la ventana; ya es tarde, otro días más que se escurre en el reloj de arena. Ahora un campo de hojas secas a su alrededor. Camina cadenciosamente por su cuarto de estudio, su casa espaciosa habitada por anfibios a veces lo acompañan en sus lecturas. Coge a Paz y se siente libre bajo sus palabras, lee vida sencilla:
Llamar al pan y que aparezca
sobre el mantel el pan de cada día;
darle al sudor lo suyo y darle al sueño
y al breve paraíso y al infierno
y al cuerpo y al minuto lo que piden;
reír como el mar ríe, el viento ríe,
sin que la risa suene a vidrios rotos;
beber y en la embriaguez asir la vida,
bailar el baile sin perder el paso,
tocar la mano de un desconocido
en un día de piedra y agonía
y que esa mano tenga la firmeza
que no tuvo la mano del amigo;
probar la soledad sin que el vinagre
haga torcer mi boca, ni repita
mis muecas el espejo, ni el silencio
se erice con los dientes que rechinan:
estas cuatro paredes ?papel, yeso,
alfombra rala y foco amarillento?
no son aún el prometido infierno;
que no me duela más aquel deseo,
helado por el miedo, llaga fría,
quemadura de labios no besados:
el agua clara nunca se detiene
y hay frutas que se caen de maduras;
saber partir el pan y repartirlo,
el pan de una verdad común a todos,
verdad de pan que a todos nos sustenta,
por cuya levadura soy un hombre,
un semejante entre mis semejantes;
pelear por la vida de los vivos,
dar la vida a los vivos, a la vida,
y enterrar a los muertos y olvidarlos
como la tierra los olvida: en frutos...
Y que a la hora de mi muerte logre
morir como los hombres y me alcance
el perdón y la vida perdurable
del polvo, de los frutos y del polvo.
No tiene buen humor, se aproxima a la cocina y prepara café. Talvez le iría mejor del otro lado del sol. Se asoma a través de la ventana, y se le viene a la mente la imagen de la mujer que se asoma por la ventana de Dalí,- talvez sea la misma ventana piensa-, bebe un sorbo de su café y huele a lo que sabe, pero da igual que oliera a hierba, a fango, a musgo, a humedad. Atina a dejar libre un suspiro de su ensimismamiento. Está como ausente, Ícaro de alas caídas. Se mueve al librero y pareciera que el estante es un animal retráctil. Deja el libro en su lugar.
Fuma como desesperado de la vida, lo fumo todo, todo es fumado por su angustia deliberada de existir. Un último vistazo por la ventana. Ya es de noche y el mar afuera parece un animal pensante, le horroriza los cuchillos afilados de sus plumas espumosas, el mar es un animal danzante de dientes afilados que se traga todo, una vez contemplándolo en su distancia, notó como se tragaba al sol.
La noche es oscura como la boca del lobo, un virus en el aire, "la dama española" renace de los brazos de Morfeo y mata toda humanidad que bese. Piensa que del otro lado del sol habrá un mundo feliz, alguien le prometió una dosis fuerte de somas si cruzaba el mar y se perfilaba hacia la dirección de luz. Apagó abruptamente su cigarro, una idea le rondaba cual mariposa a las llamas de sus velas, tomó sus alas y reparó en ellas.
Ícaro de alas largas, entusiasmado en dejar atrás la soledad, espero un nuevo día para salir avante en una ráfaga de felicidad. Sin aletargar las esperas, se encarriló en el acantilado más próximo y se lanzó con toda sobriedad de aventurero.
Cruzó el espacio y el viento le dio un beso de sal, no sabía que sería su Judas, su imagen de fuego, sus manos que hervían, su ojos cuál llamas rojas, parecía un astro más volando por el firmamento. Ícaro no contó con la envidia del astro rey, el sol era una naranja enorme, el sol lo miraba inquisitivamente, lanzando sus rayos punzantes sobre las alas del hombre, el sol quería a Selene también pero no estaba con ella, tendría que derribar también a Ícaro, Pan ya era cosa muerta.
Ícaro ingenuo de su vuelo retó al sol en su propio firmamento, -el no está dentro de mi tierra- pensaba, siguió con su mismo ritmo y se marchó. Dos seres que depredaban su muerte, arriba el sol quemaba sus alas, abajo el mar abría la boca y esperaba, Ícaro venció al sol.
Tocó tierra firme. Él había atravesado el espacio con su esperanza. Levantó sus ojos y la tierra prometida era también tierra de fuego. Caminó en busca de gente y ni un ser habitaba el espacio. El virus de la dama española había acabado con esa humanidad. Respiró su último aire de amor y esta vez supo que el ambiente se perfumaba de muerte. Lloró.
Tomó sus ojos y los lanzó al mar, ciego y solo tropezó y su vida se derramó sobre unas piedras, las olas lamían su sangre y devoraban los hilos de su existencia. Ícaro ha muerto.



